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Mostrando las entradas con la etiqueta literatura

Tres Microcuentos Inevitables (inhabitables)

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  1.  Del perdón y del olvido Un cuerpo sin cabeza no piensa. Y ella no estaba dispuesta a perdonarme. Por eso le corté la cabeza. La acosté sobre mi cama. Allí, tan quietecita, le besé todo el cuerpo hasta que la luz del día se coló por debajo de la puerta, señor juez. Si me hubieran dado más tiempo con ella, con su cuerpecito tibio, estoy seguro que me perdonaba.   2.    La larga marcha He caminado durante tres días por el camino que Eymard me señaló. Por las noches intento dormir porque a «ellos» no les gustan los fantasmas. Eso me dijo, que «ellos» se asustan con todo y que, si los asusto, van a esconderla. He caminado durante tres días y trato de dormir por las noches; no me muevo, me quedo tan quieta que parezco muerta. Yo tengo miedo de que «ellos» me la escondan y no pueda encontrarla. Me dijo que lo sabría con apenas verlo; que el cielo se besaba ahí con las hojas y que, al atardecer, la luna la revelaba como una sombra blanca que se extendía po...

Historia de un periódico mañanero

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  Historia de un periódico mañanero El periódico tituló la noticia como «la tragedia de los amantes». Aunque quienes los conocimos un poco más sabíamos que apenas llegaban a ser amigos. A David le gustaba, por supuesto, pero nunca iba a decírselo. Ni a él ni a nadie. Le asustaba, irónicamente, casi como la muerte, que alguien se diera por enterado de que, incluso antes de mudarse a Girón, ya le gustaban los muchachos. Una vez me dijo que solo le preocupaba lo que dijera su papá, un argentino medio católico y homofóbico. Yo llegué a conocer al tipo solo hasta la tarde del domingo en que encontramos el cuerpo en el bosque; bueno, los dos cuerpos. El de David estaba cubierto con un montón de ramas secas; solo se le veía la mano derecha descubierta, esa misma que parecía intentar alcanzar la de él. Él, al que dejaron al descubierto, desnudo y empalado. El argentino, su papá, dijo y juró que no tenía la menor idea de lo que había pasado, que David solo asistió —como cada jueves del ...

¿Está muerto ahora tu cuerpo triste?

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¿Está muerto ahora tu cuerpo triste? El chispazo apareció el primer jueves de abril, lo sentí en la espalda, justo por aquel caminito que marcaban tus dedos algunas tardes. Un sendero que no tardó en prenderse fuego y consumirse hasta el punto del dolor insano que me arrancó del pecho un quejido casi etéreo. Estabas delante de mí, riéndote de algo que ni siquiera puedo recordar, pero te reías y lo vi ahí, el reflejo en tus pupilas. No era yo, no me veías a mí. Y no importaba cuántas veces diera vuelta para asegurarme de que la pared blanca siguiese ahí, a mis espaldas; al volver para mirarte a ti, seguía la misma imagen y el fuego del camino crecía implacable, consumiéndome hasta las cenizas. No conseguí salir de la cama lo que quedó de aquella semana, tanto como no pude decirte la razón de la enfermedad cuando me preguntaste qué me pasaba. Porque la verdad no era sino mi engaño, ¿cómo iba a preguntarte por ella o por ese amor viejo del que nunca hablábamos? ¿Cómo ibas a darme una ...

Ideas de la oscuridad, la muerte y la extinción

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                                                         Ideas de la oscuridad, la muerte y la extinción El asiento comenzó a las siete de la noche. Tú aseguraste que eran más de las nueve y, cuando insistí en que no, que fue a las siete, dijiste que dos horas menos o dos horas más no importaban, que estaban matando a la gente ahí afuera. Quería responderte que sí, sí importaba, siempre importaba, pero fue en ese momento cuando Diego tocó la puerta para decirnos que la policía estaba sitiada, que habían matado a la mitad y que los que quedaban no aguantarían más que una hora. Teníamos que irnos. Eso dijo Diego, que todos en el pueblo estaban yéndose. Quise refutarlo a él y decirle que no eran todos, que al menos la cuarta parte ya debía estar muerta; No lo dije porque tú me sujetaste del brazo, diciéndome que no era ...

Otra vez

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  —Vamos a la playa —le propuse. Cruzábamos con prisa la avenida; incluso atisbé el sonido de unos insultos, provenientes de algunos conductores que iban a toda prisa. —¿Qué hora es? —me preguntó en un tono serio, sin dejar de caminar. —Las once —le respondí de inmediato—. Creo… Se detuvo cuando estuvimos del otro lado de la calle y me miró. —¿Sabes por dónde es? —volvió a preguntar. —Doblamos en la otra esquina y seguimos derecho —mi mano apuntó el final de la solitaria calle. Asintió con lentitud y continuó caminando más aprisa. Tuve que forzar mis piernas para ir más rápido, y cuando pude alcanzarlo, entrelacé su mano con la mía. En realidad, no sabía qué esperar con eso, no era la primera vez que nos tomábamos de las manos; aun así, sentí un vacío en la panza cuando me miró, al parecer sorprendido. Su presencia desde siempre me había hecho temblar; incluso después de meses, esta noche en particular no había sido la excepción. Frente al mar, nos separaron un pa...

El cigarro

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  —¿Nos fumamos un cigarro? Le dije con mi tono más amistoso, mientras lo miraba de reojo. —Está bien —contestó. Guardamos silencio por un par de minutos, hasta que tomé la iniciativa de sentarme frente a él. Me lanzó una mirada que fue sutil al principio. Luego, sin pena alguna, me miró los labios; parecía deseoso. Sonrió con discreción. Después, acostados sobre el pasto verde, frente al lago, mientras mirábamos el cielo azul de aquel día, nos fumamos aquel cigarrillo, que cada vez que lo pienso parece mucho más idílico. Nos mirábamos llenos de complicidad. Él se reía de mí porque no me tragaba el humo. —¿Lo has hecho antes? —me preguntó incrédulo. —No. Por su expresión me quedaba claro que no me creía, pero lo que en realidad no sabía era que yo jamás había sentido tanto a alguien como a él. Después de ese día, lejos de él, la idea de volverme a fumar un cigarro no volvió, y dejé que se quedara en el único lugar donde podíamos estar juntos: mi memoria.

DE LO QUE DESEAMOS Y NO PODEMOS OLVIDAR

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  DE LO QUE DESEAMOS Y NO PODEMOS OLVIDAR Hay cosas que no te debía, pero que me pediste y decidí cumplir. Aun así, quiero recalcar que esto no es un acto de amor, sino de perdón. De perdonarte a ti, pero más perdonarme a mí; Ahora, aunque suene difícil de creer, puedo dormir ocho horas, desayunar a tiempo y no olvidarme de la cena cada noche. Créelo cuando lo digo, ahora puedo leer un libro antes de dormir… perderme entre sueños y descansar al fin. Al fin, cariño, descansar. Porque, después de tanto, dejé de sentir el peso de la consciencia, porque sé qué, entre todas las cosas, alejarme fue lo correcto. Y lo que más me pesa, entre tanto bienestar, es que solo lo he conseguido gracias al peso de una mentira. Porque en realidad, aún me duele. El extrañarte y que no estés cerca. Mi mente es cobarde y traicionera; jura odiarte y no añorar tus besos o ver tu sonrisa, pero en el fondo, en lo más recóndito, sigue conservando una pizca de esperanzas del glorioso futuro. Nuestro futuro, e...

Salvajes

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                                                                                                         Para Santiago, por supuesto Un hilo de vapor ascendía delante de mí; el calor se enfrascaba en mis manos y el sol comenzaba su descenso tardío. Los pies, marcados por la fatiga de los años y del camino recorrido, impulsaban la mecedora que, al compás de la brisa suave, me arrullaba. La armonía del atardecer se fundía con el paseo de las hojas de los árboles, como cómplices de un secreto compartido también con el viento. Por aquel instante, el tiempo pareció desvanecerse, y la eternidad trascendió lo efímero. La magia de la tarde se revelaba en las sombras, en los pequeños de...