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¿Está muerto ahora tu cuerpo triste?

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¿Está muerto ahora tu cuerpo triste? El chispazo apareció el primer jueves de abril, lo sentí en la espalda, justo por aquel caminito que marcaban tus dedos algunas tardes. Un sendero que no tardó en prenderse fuego y consumirse hasta el punto del dolor insano que me arrancó del pecho un quejido casi etéreo. Estabas delante de mí, riéndote de algo que ni siquiera puedo recordar, pero te reías y lo vi ahí, el reflejo en tus pupilas. No era yo, no me veías a mí. Y no importaba cuántas veces diera vuelta para asegurarme de que la pared blanca siguiese ahí, a mis espaldas; al volver para mirarte a ti, seguía la misma imagen y el fuego del camino crecía implacable, consumiéndome hasta las cenizas. No conseguí salir de la cama lo que quedó de aquella semana, tanto como no pude decirte la razón de la enfermedad cuando me preguntaste qué me pasaba. Porque la verdad no era sino mi engaño, ¿cómo iba a preguntarte por ella o por ese amor viejo del que nunca hablábamos? ¿Cómo ibas a darme una ...

La gente que camina después de que le cortan la cabeza

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  La gente que camina después de que le cortan la cabeza Conocí a David el primer año de carrera, pero no hablamos sino hasta el tercer, casi cuarto año. Todos sabían quién era: la mayoría de hombres dice que era un pobre diablo engreído; para unos pocos, un tipo inteligente y medio autista (si es que se puede ser medio autista); la mayoría de mujeres lo cree simpático: sonrisa alineada, ojos verdes o avellana, según se viera. El grupo menor de ese porcentaje, donde estuve yo por mucho tiempo, siente una lástima floja por él. Bueno, más que por él, era por María y por cómo terminó todo. Nunca nadie responde cuando preguntan cómo se conocieron; solo se sabe de ellos dos cosas: que se casaron demasiado jóvenes y que María se murió apenas un mes después de la boda. La muerte de María ocurrió justo ese tercer año de carrera; debía tener veinte y David, veintiuno. Todo lo que cuento son tan solo rumores, algunos más cercanos a la realidad que otros; nadie sabe lo que pasó y David se nie...

Salvajes

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                                                                                                         Para Santiago, por supuesto Un hilo de vapor ascendía delante de mí; el calor se enfrascaba en mis manos y el sol comenzaba su descenso tardío. Los pies, marcados por la fatiga de los años y del camino recorrido, impulsaban la mecedora que, al compás de la brisa suave, me arrullaba. La armonía del atardecer se fundía con el paseo de las hojas de los árboles, como cómplices de un secreto compartido también con el viento. Por aquel instante, el tiempo pareció desvanecerse, y la eternidad trascendió lo efímero. La magia de la tarde se revelaba en las sombras, en los pequeños de...