Salvajes

 


                                                                                   Para Santiago, por supuesto



Un hilo de vapor ascendía delante de mí; el calor se enfrascaba en mis manos y el sol comenzaba su descenso tardío. Los pies, marcados por la fatiga de los años y del camino recorrido, impulsaban la mecedora que, al compás de la brisa suave, me arrullaba. La armonía del atardecer se fundía con el paseo de las hojas de los árboles, como cómplices de un secreto compartido también con el viento. Por aquel instante, el tiempo pareció desvanecerse, y la eternidad trascendió lo efímero. La magia de la tarde se revelaba en las sombras, en los pequeños destellos dorados que se despedían con delicadeza. De repente, una ráfaga de viento me sorprendió, congelándome por completo. Portaba un aroma familiar; aquel olor que, en medio del mundo, solo te pertenecía a ti.

Inhalé con ansia y desdicha, anhelando saborear cada parte de ti, en bocanadas que me inundaban los pulmones, que me llenaban de vida.

«Humano», pensé.

Humano. Extraño. Lejano. Tardío. Vivo.

Cuando alcé la mirada al cielo, fueron tus ojos los que me recibieron; par de estrellas fugaces. Me pareció inoportuno e incluso cruel, porque te veía y sabía que eras tú, pero era imposible y triste. Fue el viento, conmovido quizá por el peso de la ausencia o de la desdicha que, por aquellos días, me cruzaba los ojos, el que apenas me permitía moverme; fue el viento que trajo la imagen viva del amor. Te trajo a mi memoria, como una súplica desmedida por calmarme el dolor de no verte, de no tenerte.

Dime, ¿piensas en mí cuando las noches se hacen más largas y frías? Yo pienso en ti por las tardes, cuando me siento a tomar el café, a ver el atardecer, cuando el ruido de la ciudad se hace inclemente. Pienso en ti cuando me despierto por las mañanas, cuando no quiero pensar, pienso en ti; sé que estás aquí, que haces parte de todo, que haces parte de mí. Te recuerdo cuando la música se termina o cuando comienza una nueva. Lo cierto es que, amor, no te pienso tanto como me gustaría, pero te extraño de tal manera.



Te extraño con absoluto dolor y con exagerada calma. Te extraño cuando se hace el silencio o cuando me siento a tomar el café, en las mismas tardes en que te pienso. Porque es injusto que tengas que estar leyendo esto y no escuchándolo, porque es terriblemente tortuoso seguir pasando noches sola, cuando esta cama, este lado de la cama, no es más mío de lo que es tuyo. Porque no hay mañana, tarde o noche en la que no desee que estés de nuevo aquí.

Pero entonces la brisa se detiene, y te marchas.

Estoy sola de nuevo, sola con los años de ausencia. Sola sin ti, sola con un amor preso de ti. Estoy sola y vieja, y lo nuestro no es más que un recuerdo.




Comentarios