Tres Microcuentos Inevitables (inhabitables)



 1. Del perdón y del olvido

Un cuerpo sin cabeza no piensa.

Y ella no estaba dispuesta a perdonarme.

Por eso le corté la cabeza.

La acosté sobre mi cama. Allí, tan quietecita, le besé todo el cuerpo hasta que la luz del día se coló por debajo de la puerta, señor juez. Si me hubieran dado más tiempo con ella, con su cuerpecito tibio, estoy seguro que me perdonaba.  


2.  La larga marcha

He caminado durante tres días por el camino que Eymard me señaló. Por las noches intento dormir porque a «ellos» no les gustan los fantasmas. Eso me dijo, que «ellos» se asustan con todo y que, si los asusto, van a esconderla. He caminado durante tres días y trato de dormir por las noches; no me muevo, me quedo tan quieta que parezco muerta. Yo tengo miedo de que «ellos» me la escondan y no pueda encontrarla. Me dijo que lo sabría con apenas verlo; que el cielo se besaba ahí con las hojas y que, al atardecer, la luna la revelaba como una sombra blanca que se extendía por todo el valle. Me dijo que se veía como un sueño y que se sentía como el primer parpadeo de un niño; que era el eco del viento en primavera, la llovizna calmada de invierno, el calor ardiente del verano y la calidez maternal del otoño. 

Ahí está, me dijo, ahí la dejé.  

Eso me dijo. Me dijo que ahí estaba enterrada. Que lo sabría apenas la viera, porque una madre siempre lo sabe todo. Pero ya he caminado tres días y no la he encontrado. Hoy es el cuarto día y ya no puedo caminar más porque ha comenzado a caer la noche y, «ellos» tienen miedo. Tienen miedo de mí, de mis pasos, de mi larga marcha, de que les pregunte por qué, por qué me la han matado. Tienen miedo de que haya carne cuando la encuentre; miedo de no haberse alimentado lo suficiente; miedo de que conserve intactos los ojos marrones, los dedos cortitos, todavía de niña, la pielecita blanca y los pechitos hundidos.

Eymard y «ellos» tienen miedo de que me baste con mirarla para reconocerla.   


3. Una orden

Está diciéndome que me quede quieta, que si no me muevo no me duele. Dice que no grite porque va a chuzarme otra vez. Que coopere, que así va a terminar más rápido y me dejará ir. Está diciéndome que no sabe por qué me tiemblan las manos si es lo que siempre hacemos; que no entiende por qué lloro y por qué le pido que, por favor, me deje ir. Me dice que si me quedo «calladita», él mismo me lleva al hospital para que detengan el sangrado; que si no llamo a nadie, me acompaña hasta que me den el alta, que me trae de nuevo a la casa y me cuida. Que me quede «calladita», me dice. «Calladita» y «quietecita», que ya casi termina.  

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