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Tres Microcuentos Inevitables (inhabitables)

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  1.  Del perdón y del olvido Un cuerpo sin cabeza no piensa. Y ella no estaba dispuesta a perdonarme. Por eso le corté la cabeza. La acosté sobre mi cama. Allí, tan quietecita, le besé todo el cuerpo hasta que la luz del día se coló por debajo de la puerta, señor juez. Si me hubieran dado más tiempo con ella, con su cuerpecito tibio, estoy seguro que me perdonaba.   2.    La larga marcha He caminado durante tres días por el camino que Eymard me señaló. Por las noches intento dormir porque a «ellos» no les gustan los fantasmas. Eso me dijo, que «ellos» se asustan con todo y que, si los asusto, van a esconderla. He caminado durante tres días y trato de dormir por las noches; no me muevo, me quedo tan quieta que parezco muerta. Yo tengo miedo de que «ellos» me la escondan y no pueda encontrarla. Me dijo que lo sabría con apenas verlo; que el cielo se besaba ahí con las hojas y que, al atardecer, la luna la revelaba como una sombra blanca que se extendía po...

Historia de un periódico mañanero

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  Historia de un periódico mañanero El periódico tituló la noticia como «la tragedia de los amantes». Aunque quienes los conocimos un poco más sabíamos que apenas llegaban a ser amigos. A David le gustaba, por supuesto, pero nunca iba a decírselo. Ni a él ni a nadie. Le asustaba, irónicamente, casi como la muerte, que alguien se diera por enterado de que, incluso antes de mudarse a Girón, ya le gustaban los muchachos. Una vez me dijo que solo le preocupaba lo que dijera su papá, un argentino medio católico y homofóbico. Yo llegué a conocer al tipo solo hasta la tarde del domingo en que encontramos el cuerpo en el bosque; bueno, los dos cuerpos. El de David estaba cubierto con un montón de ramas secas; solo se le veía la mano derecha descubierta, esa misma que parecía intentar alcanzar la de él. Él, al que dejaron al descubierto, desnudo y empalado. El argentino, su papá, dijo y juró que no tenía la menor idea de lo que había pasado, que David solo asistió —como cada jueves del ...

Carta 14 (16 de Enero)

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  16 de Enero del 2024 Cartagena, Colombia Extraño. Imposible. Odiado. Amado. Olvidado. Extraño: Me es imposible convencerme de que tu voz y tu imagen son lo mismo. Son dos versiones extrañas de ti, desconocidas, desalmadas en aquella estructura extraña. Eres uno al que veo y otro al que escucho; ninguno de los dos al que busco, al que espero. Has cambiado, te has marchado, me has dejado. Dime, ¿me percibes de la misma forma? No me siento tan diferente. De cualquier manera, lo único que importa es que te quiero. Te quiero tanto. Algo más limpio, más sincero y tranquilo. Es un «te quiero» de resignación, por supuesto, uno que digo en voz baja. Uno que no comparto más que contigo y conmigo. Es un «te quiero» de momentos, de cuando miro a la calle y te imagino; es uno de cuando suena la música y te siento. Uno tan grande que se queda pequeño en el universo de los «te quiero». Me parece mejor de esa manera: querernos en silencio, suplicantes y apasionados. Quizá te estás fr...

Carta 13 (10 de Enero)

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10 de Enero del 2024 Cartagena, Colombia Querido mío: Mis otras cartas tienen en común algo: siempre te aseguro que será la última, pero, como ha quedado en evidencia, vuelvo a estar aquí, en el mismo punto suspensivo. Tú, punto de inicio y final. Tú, eres tú. Te extraño tanto, apenas soy capaz de soportarlo. Estoy corriendo en círculos y perdiendo una carrera terminada, pero me resulta imposible detenerme. Ya nada es lo mismo, querido. Nos ha quedado una extraña confidencia, casi como un dolor pasajero que no llega a serlo al final del día. Somos nosotros, los extraños de ahora y no los amantes de antes; somos nosotros, los olvidados, los solitarios, los que quieren a otros y añoran el «nosotros». Somos nosotros, dos piezas que encajan a la perfección, pero que no corresponden en el puzzle. Condenados a observarnos desde la distancia, tan aterradora como el hecho de no estar juntos. Querido mío; mi amor. Te echo tanto de menos. Te extraño en la misma medida en que te qui...

¿Está muerto ahora tu cuerpo triste?

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¿Está muerto ahora tu cuerpo triste? El chispazo apareció el primer jueves de abril, lo sentí en la espalda, justo por aquel caminito que marcaban tus dedos algunas tardes. Un sendero que no tardó en prenderse fuego y consumirse hasta el punto del dolor insano que me arrancó del pecho un quejido casi etéreo. Estabas delante de mí, riéndote de algo que ni siquiera puedo recordar, pero te reías y lo vi ahí, el reflejo en tus pupilas. No era yo, no me veías a mí. Y no importaba cuántas veces diera vuelta para asegurarme de que la pared blanca siguiese ahí, a mis espaldas; al volver para mirarte a ti, seguía la misma imagen y el fuego del camino crecía implacable, consumiéndome hasta las cenizas. No conseguí salir de la cama lo que quedó de aquella semana, tanto como no pude decirte la razón de la enfermedad cuando me preguntaste qué me pasaba. Porque la verdad no era sino mi engaño, ¿cómo iba a preguntarte por ella o por ese amor viejo del que nunca hablábamos? ¿Cómo ibas a darme una ...