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Poema III

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(III) Después de ti, el Eco. Me pierdo en ti. Me hundo en ti, en tu mundo, en el eco de tu sonrisa. Me pierdo, una y otra vez. Me pierdo tanto que olvido quién soy. ¿Quién soy cuando no estás? ¿Quién soy más allá de esa que se ríe de tus chistes, más allá de tus brazos, más allá de tu habitación, más allá, donde tu mirada no me alcanza? Me pierdo en ti y olvido quién soy. ¿Quién soy ahora que no estás? ¿Dónde fue mi sonrisa? ¿Quién soy sin ti, sin tus caricias? Un ser perdido, abandonado, adolorido. Estoy perdida: en ti, en tu mundo, en tus besos. Perdida, sin rumbo, porque cuando no estás ya no sé quién soy. Suspendida en tus dedos, guiada por tus deseos. Soy solo producto de tu amor, uno que se desbarata cuando cae el sol, uno que no puede estar en pie sin tu mano. ¿Quién soy, quién solía ser antes de ti? ¿Era feliz? Me pierdo en ti, y está bien.

Rumores del Escarceo: La memoria de los cuerpos como un lenguaje del silencio

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     Rumores del Escarceo: La memoria de los cuerpos como un lenguaje del silencio. ¿ Dónde reside lo esencial de esta historia? Antes de sumergirme en las aguas de Rumores del Escarceo , debo preguntarme qué es lo que verdaderamente sostiene este relato: ¿son Ernesto y Diego, atrapados en la inmensidad de la ciénaga, o es el agua misma, que los rodea, los acoge y los devora? Aquí, la vida nace de la espuma y vuelve a ella en la muerte. Ernesto y Diego viven cuando el mundo de los rumores se abre para dar forma a este universo de calor, polvo, música y muerte. Santiago Muñoz, director de este cortometraje, nos introduce en la Ciénaga de la Virgen a través de la historia de dos pescadores que enfrentan no solo la dureza de la supervivencia, sino también una batalla silenciosa en el interior de cada uno. En ese espacio, donde el agua, omnipresente, no es solo escenario, sino testigo, amenaza y refugio, es tanto comienzo como fin. Como un poema visual, el cortometraje desmon...

Poemas I & II

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  (I)Extraño, sensible y orgulloso, difícil de amar. Nunca he creído en el tarot ni en la suerte. Pero cada vez que me detengo a escuchar, todos parecen saberlo. Y es tu imagen de la que hablan. Estás ahí. Mientras intento huir de eso, me persigues. Y me atrapas. No te marchas. No me sueltas.   (II)October 27 Le devolvía la mirada. Veía a todos, pero no me veía a mí. Lloró hasta que no le quedaban lágrimas, sin saber que era yo el consuelo que necesitaba. Lo admiraba mientras él me ignoraba. Y, en la oscuridad, me convertí en la memoria.

La gente que camina después de que le cortan la cabeza

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  La gente que camina después de que le cortan la cabeza Conocí a David el primer año de carrera, pero no hablamos sino hasta el tercer, casi cuarto año. Todos sabían quién era: la mayoría de hombres dice que era un pobre diablo engreído; para unos pocos, un tipo inteligente y medio autista (si es que se puede ser medio autista); la mayoría de mujeres lo cree simpático: sonrisa alineada, ojos verdes o avellana, según se viera. El grupo menor de ese porcentaje, donde estuve yo por mucho tiempo, siente una lástima floja por él. Bueno, más que por él, era por María y por cómo terminó todo. Nunca nadie responde cuando preguntan cómo se conocieron; solo se sabe de ellos dos cosas: que se casaron demasiado jóvenes y que María se murió apenas un mes después de la boda. La muerte de María ocurrió justo ese tercer año de carrera; debía tener veinte y David, veintiuno. Todo lo que cuento son tan solo rumores, algunos más cercanos a la realidad que otros; nadie sabe lo que pasó y David se nie...

Otra vez Inhumano

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                                                              Otra vez Inhumano Inhumano. Del desgarro total de un hombre que no podía ir más allá del deseo, a quien le imponían la distancia y guardaban tras una máscara metálica, con ropas que se cernían en el cuerpo, cubriéndole cada centímetro de piel. El rey hombre, con cientos de miles hincados ante él, pero privado de los más profundos deseos humanos. Dolor inhumano que superaba con creces al físico, al que le arrancaba la piel y lo privaba de sus extremidades. Inhumano dolor cada vez que la cruzaba con los ojos y aquella piel impoluta la tocaban los rayos del sol y no sus dedos túmidos por los vendajes. Inhumano e impotente la contemplaba durante los minutos que, valiéndose de las más mínimas excusas, pedía su presencia. Y ella, medida por un ...